El otro día fui a un entierro y, como siempre, vienen a mi mente las mismas imágenes:
cada vez que he ido a una misa de difuntos (primero fue la de mi abuelo, luego la de un pequeño amigo mío y esta última) no puedo evitar imaginarme a mí misma en esa situación.
He leído y comentado experiencias con mis amigos y compañeros ya que toda persona ha pensado lo mismo alguna vez. Pero la mía es diferente.
Yo creo en la resurrección del cuerpo y del alma y me gusta imaginar y creer (aunque alguno calificaría esto de niñería) que Dios, en nuestro último día, nos da permiso para bajar y despedir a nuestros seres queridos.
Yo ya no tendré sufrimiento, tendré mi nuevo cuerpo celestial y, con él, me gustaría bajar hasta la Iglesia y sentarme en el coro, o en la cúpula o en los travesaños de las vigas que atraviesen el techo y, desde allí, decirles adiós a todos los que quiero e intentar hacerles sentir que estoy perfectamente y que me voy al cielo con mi Papá.
Por eso, en todos los entierros a los que voy, no puedo evitar mirar hacia arriba e imaginarme al difunto sonriéndome desde allí y mi espíritu se tranquiliza y se sosiega, porque Sé que ellos están en un lugar mejor, animándome y rezando por mí para que pueda vivir mi vida al máximo, mientras ellos me esperan allá donde estén.
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