viernes, 9 de septiembre de 2011

Los viejos amigos


Hay una sensación que ya he experimentado varias veces y que aún no sé si es buena o mala... Ocurre cuando ves a viejos amigos tuyos con los que ya no te juntas porque el destino os ha llevado por caminos diferentes, como aún recuerdas los buenos ratos con ellos, quieres volver a verlos y sentirte como cuando eras pequeño... Así que cojes el teléfono y organizas una tarde juntos.

Pero la realidad te juega una mala pasada.
Estás allí, con esas personas a las que conoces desde pequeña, y las ves como si fuera la primera vez, son extraños para ti, aunque por fuera luzcan exactamente iguales. Y, sí, compartís los mismos recuerdos de la infancia y las aventuras en los columpios, las excursiones, los recreos... todo sigue allí. Sin embargo, ya no es la misma chispa, la misma despreocupación y alegría de antaño.

Y entonces sobreviene esa sensación:
Una mezcla de añoranza por esa amistad perdida y que, en la memoria era la mejor del mundo; un deseo irrefrenable de volver atrás en el tiempo, de recuperar esas emociones, esas vivencias, experimentarlas de nuevo y ser una vez más esa niña con sus amigos, ajena a las preocupaciones del mundo, donde hacías lo que querías y la vida era infinitamente más sencilla de lo que te parece ahora mismo...
Supongo que eso es lo que se llama crecer, madurar, cambiar... pero no estoy segura de que me guste experimentarlo. Hay una parte de mí que acepta eso, ya que crecer y cambiar tiene sus ventajas y experimentas cosas que ni siquiera habías imaginado antes, conoces gente nueva, sitios nuevos, aprendes cosas diferentes. Aunque a veces me pregunto si el precio a pagar no es demasiado alto.

De todas formas, siempre quedarán los recuerdos, los libros, las fotos y la imaginación para llevarme a mi parra, a mi candy mountain, donde despejarme de la responsabilidad de ser adulta; donde Peter Pan vuela conmigo y donde lo más importante es divertirse y luchar contra los malvados.

No hay comentarios:

Publicar un comentario