Este viejo refrán que me decía mi
padre cuando era pequeña es una verdad como un templo. Porque, a
pesar de la gran cantidad de trabajo que tengo, de las innumerables
cosas que tengo que leer y redactar, del trabajo atrasado que aún
tengo que poner al día. Estoy de buen humor. Porque me gusta.
Porque aunque sean cientos de páginas
escritas en un tamaño de letra que rivalizan con la Biblia, hablan
de tragedias, comedias, experiencias, idiomas, cuentos, relatos
mitológicos.... que me apasionan.
Porque veo la gran actualidad que
tienen estas obras centenarias a pesar de que la sociedad de hoy haya
catalogado su estudio como “inútil”....
Quizás sea porque más de
uno no quiera verse reflejado entre esas letras que le denuncian.
Una sociedad que se parece hoy día
muchísimo a la actual (salvando las distancias), tan parecida que
puede resultar hasta profética, puesto que, si nos parecemos tanto a
los hombres y mujeres de la Roma y Grecia clásicas ¿qué nos hace
mejores que ellos? ¿podríamos nosotros acabar igual? ¿Quedaría
nuestra amada civilización reducida a polvo y cenizas, objeto de
estudio para generaciones venideras?
Obviamente, sí.
Y no es una respuesta cómoda ni
agradable, no es placentero que te recuerden tu propia mortalidad.
Por eso es mejor calificar a esas obras y esos idiomas de “superfluos
e inservibles en un mundo de avanzada tecnología”, cuanto menos se
sepa del pasado y de los errores que cometieron, mejor.
Pues no pienso dejar que eso pase,
porque a mí me gustan las letras grecolatinas, me gusta su
civilización y me gusta su cultura y creo, sinceramente, que
podríamos aprender muchas cosas ya olvidadas o simplemente ignoradas
a lo largo de los siglos.
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