El año pasado, justo al lado de mi facultad, abrieron un jardín
botánico.
Yo lo veía desde fuera y sentía que me llamaban sus fuentes
y sus bancos iluminados cálidamente por el sol; veía las fuentes de agua que
había por doquier y me invadía el deseo de quedarme junto a ellas oyendo su
murmullo tranquilizador.
Pero el estrés y la vida acelerada del estudiante me lo
impedían: hasta ayer.
Me encontré con una hora libre sorpresa y aproveché para
adentrarme en aquel jardín que me provocaba tanta atracción.
La verdad sea dicha, superó mis expectativas.
Pasé toda la tarde sentada en uno de los bancos tallados en
piedra, mientras el sol me regalaba su calor (cosa que mi cuerpo, enemigo
natural del frío y de sangre caliente) agradeció infinitamente.
Como por arte de magia, los ruidos de los coches, los
aviones y del polígono en obras que está al otro lado de la carretera y que tan
molestos resultan durante las clases, desaparecieron. Sólo escuchaba el cantar
de unos pájaros que vivían allí, el rumor de las fuentes de agua y ocasionalmente,
el susurro de las hojas mecidas por la brisa invernal.
Obviamente, aquello no era la Sierra de las Nieves de Málaga
ni los campos verdes de Asturias, pero es un pequeño remanso de paz y
tranquilidad bucólica en mitad de una ciudad tan grande y urbanizada como Málaga.
Para mí, que soy una “urbanita” declarada y poco acostumbrada al verdadero
campo, aquello fue un bálsamo que abrió mi mente y me permitió estudiar mejor y
más relajada que en mi propia casa.
Estoy deseando que mejore un poco el tiempo para retirarme a
estudiar y leer al calorcito de aquel locus amoenus malagueño recién
descubierto.
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