miércoles, 25 de enero de 2012

Locus Amoenus


El año pasado, justo al lado de mi facultad, abrieron un jardín botánico.

Yo lo veía desde fuera y sentía que me llamaban sus fuentes y sus bancos iluminados cálidamente por el sol; veía las fuentes de agua que había por doquier y me invadía el deseo de quedarme junto a ellas oyendo su murmullo tranquilizador.
Pero el estrés y la vida acelerada del estudiante me lo impedían: hasta ayer.
Me encontré con una hora libre sorpresa y aproveché para adentrarme en aquel jardín que me provocaba tanta atracción.

La verdad sea dicha, superó mis expectativas.
Pasé toda la tarde sentada en uno de los bancos tallados en piedra, mientras el sol me regalaba su calor (cosa que mi cuerpo, enemigo natural del frío y de sangre caliente) agradeció infinitamente.
Como por arte de magia, los ruidos de los coches, los aviones y del polígono en obras que está al otro lado de la carretera y que tan molestos resultan durante las clases, desaparecieron. Sólo escuchaba el cantar de unos pájaros que vivían allí, el rumor de las fuentes de agua y ocasionalmente, el susurro de las hojas mecidas por la brisa invernal.

Obviamente, aquello no era la Sierra de las Nieves de Málaga ni los campos verdes de Asturias, pero es un pequeño remanso de paz y tranquilidad bucólica en mitad de una ciudad tan grande y urbanizada como Málaga. Para mí, que soy una “urbanita” declarada y poco acostumbrada al verdadero campo, aquello fue un bálsamo que abrió mi mente y me permitió estudiar mejor y más relajada que en mi propia casa.

Estoy deseando que mejore un poco el tiempo para retirarme a estudiar y leer al calorcito de aquel locus amoenus malagueño recién descubierto.

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