A un lado, un par de días en una casa rural con mis amigos,
con el aliciente de que encima es el cumpleaños de una de ellas y lo van a
celebrar allí.
Por otra parte, el deber: clases a las que no puedo faltar y
un trabajo al que acudir por la tarde y que, aunque puedo cambiar (haciendo un
esfuerzo) no es lo correcto ni lo adecuado.
Si hago caso a la obligación, me quedo aquí sola, con el
añadido de que encima sé que todos los demás están divirtiéndose todos juntos
mientras que yo continúo mi rutina. Si paso de toda responsabilidad, me salto
las clases y cambio el turno de trabajo (que traería más problemas una vez que
volviera) estaría esos dos días con el cargo de conciencia de que no he hecho
lo correcto…
La balanza está equilibrada y yo solo puedo agachar la
cabeza y esperar que el Señor me de alguna señal clara sobre lo que tengo que
hacer…
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