Suspiro, apoyo bien los pies, manos delante, espalda recta y
ojos al frente mientras intento no pensar demasiado en la infinita cantidad de
cosas que podrían salir mal…
Y, justo en el mismo instante en que ese aparato endemoniado
comenzó a moverse, me di cuenta de lo inmensamente frágil y pequeña que era, de
que yo no llevaba el control de ese cacharro y mi mente se puso en blanco. Sin poder
evitarlo, me asusté muchísimo y grité, rompiendo mi postura cuidadosamente
estudiada y me hice un ovillo cerrando los ojos. Pero al mismo tiempo, mi
cerebro me gritaba que no podía hacer eso porque me estrellaría contra algo…
intenté parar a esa máquina, pero comenzó a dar brincos desbocado y sin
control, incluso desconectado… entonces me eché a llorar sin ser capaz de pensar
en otras alternativas que nos salvaran.
Mi “instructor” reaccionó rápido y dominó a la bestia en un
segundo, pero, cuando ya el peligro de estrellarse hubo pasado, comenzó a reírse
en toda mi cara sin parar (ni siquiera le importó que estuviera llorando), es
verdad que luego me consoló y me tranquilizó, pero esa se la tengo guardada y
mi venganza será dulce…
Así fue mi primera vez conduciendo un coche. Aunque al final
me gustó, la verdad es que no sé cómo me las voy a apañar para estar pendiente
de tantas cosas a la vez (casi me arrolla el único coche que había en una grandísima
explanada semi-desierta) y no morir en el intento.
Y, desde luego, ese primer contacto de infarto, no se me
olvidará en la vida. (Y me temo que a mi instructor tampoco).
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